Tras haber pasado unas horas desde el fin de #checatur19, toda la marabunta de buenas sensaciones se va asentando, las ideas se van poniendo en orden y las reflexiones empiezan a coger forma.

En mi humilde opinión, las palabras que mejor sintetizan esta edición de Checatur son calidad y optimismo. Calidad porque, a pesar de que ya sabía que la edición anterior fue un éxito, no me esperaba que un evento tan joven funcionara a un nivel propio de congresos de mucha mayor envergadura y trayectoria. Y me refiero tanto a la organización como al contenido: los bloques temáticos estaban muy bien elegidos, y los respectivos conferenciantes han sabido transmitir el buen trabajo que desarrollan en sus respectivos sectores. La feria paralela a las conferencias fue un complemento idóneo que permitió conocer de primera mano a los productores y empresas locales, a modo de ejemplos reales de muchas de las cosas que se contaron en las charlas.

Por otra parte, el optimismo es casi la única reacción posible cuando te encuentras en un evento en el que te enseñan por activa y por pasiva el tremendo esfuerzo que invierten las gentes que viven en el medio rural para conseguir que éste siga vivo y haciendo posible, por tanto, que los turistas podamos disfrutar de él. Aunque quedó claro que todavía hay mucho trabajo por hacer, hay muchos actores que coordinar, muchas actuaciones públicas por reenfocar… el congreso nos enseñó casos que invitan al optimismo porque, si se invierten esfuerzos en un proyecto de base local, lo más probable es que prosperen. En Checatur brillaba el convencimiento de la calidad de los recursos locales y en su activación como vía de desarrollo a través del turismo u otras actividades económicas tradicionales. Esto, tras muchos años del secular pesimismo, apatía e indolencia castellana («aquí no hay nada»; «quién va a querer venir aquí»; «para qué me voy a meter en ese lío»; «no merece la pena») supone no ya un soplo, sino un vendaval de aire fresco muy necesario. Dicho en pocas palabras: la propuesta venció a la queja. Hay futuro.

Pero lo que más valoro y agradezco fue la gran cantidad de inquietudes, dudas, propuestas y reflexiones que suscitó todo el conjunto de actividades de Checatur. El carácter multidisciplinar e integrador del congreso permitió poner en contacto a personas de sectores muy diversos, que representan muy bien cómo es el turismo hoy día. Se integraron perfectamente sectores tradicionales con los más novedosos. Entre unos y otros se compartieron experiencias, alegrías y alguna amargura que no deja de ser una muestra de algo muy evidente: estamos todos en el mismo barco y, si remamos en la misma dirección, podemos llegar a donde nos propongamos.

No todo fue perfecto en Checatur. Pero mejor así: si se alcanza la perfección ¿para qué seguir entonces? A Checatur le quedan muchos años por venir, en los que seguramente se buscará un auditorio de mayor capacidad para que más personas se vean beneficiados por los conocimientos expuestos en las conferencias, en las que se dé cabida a algún representante de las administraciones públicas para que expliquen su trabajo, sus decisiones y las directrices de las políticas que están por venir. No hay prisa: cada año se irán puliendo esos detalles y se aprenderá en el camino que llevará a que Checatur sea, aún más, una referencia del turismo rural dentro y fuera de Guadalajara.

Finalmente, quiero expresar mi más sincero agradecimiento al equipo organizador de Checatur, a la buena gente de Checa con Jesús, su alcalde, al frente, y al resto de participantes e invitados al congreso por disfrutar de un fin de semana lleno de aprendizajes y de reflexiones que trascienden lo profesional.

FERNANDO SANTANDER.